Una pandemia socioambiental que los premios Nobel 2021 han puesto de manifiesto

Sufrimos un proceso de deterioro ambiental: una pandemia ambiental. Una de sus causas y manifestaciones es el cambio climático.

Se trata de un proceso global cuyas causas antropogénicas están bien documentadas. Pero, aunque se conocen desde finales del siglo XX, la concienciación social sobre su problemática y gravedad es posterior.

Paralelamente, vivimos en una época de malestar social creciente en numerosas zonas del planeta. Este persiste y crece cuando se enraíza en problemas económicos como el desempleo, las diferencias salariales, la desprotección, la carestía de los bienes básicos, la inflación elevada, la precariedad y la pobreza.

Estos fenómenos pueden despertar ira y rebeldía cuando se ven como “el fruto de la voluntad o la inoperancia de determinados sujetos, o al menos como el resultado de ciertos mecanismos no necesarios”, según explicábamos Emilio Muñoz y Armando Menéndez tiempo atrás. Más aún cuando se dan en un contexto de crecimiento económico y por tanto exacerban la inequidad.

Cabe calificar esta situación como una pandemia socioambiental de malestar social ante las características del entorno o ambiente. Se trata de una afección de alcance global cuya etiología y cuadro clínico incluyen tanto causas como síntomas y signos clínicos de índole social y ambiental. La ciencia misma la experimenta.

La ciencia y los conocimientos científicos, en riesgo

Las doctrinas y prácticas de la economía neoliberal más interesadas por la practicidad de la ciencia que por la promoción del conocimiento que responde a preguntas han producido quiebras en los sistemas científico-técnicos.

Estas tendencias también han llegado a la política científica europea y a sus países miembros. Y han favorecido que la difusión de los conocimientos científicos se vea afectada por al menos tres problemas de calado:

  • El creciente poder de los revisores (pares) de los manuscritos que se someten a valoración para su publicación en revistas científicas de prestigio internacional. Este proceso es fruto de la desaparición de los grandes editores científicos al frente de las grandes revistas. Estas han optado por la burocratización de la gestión, poniendo al frente a personas cuya tarea es la de secretaría editorial y actúan como mensajeros entre los revisores elegidos por ellos y los autores –quienes quizá han podido modular esa elección proponiendo algunos revisores y vetando a otros–.
  • La adopción de la impactolatría, obsesiva inclinación a valorar a la comunidad científica por el índice de impacto de las revistas donde se publican los resultados de la investigación, y no tanto por su calidad, oportunidad e interés intrínsecos. Un subproducto de esta estrategia ha sido la distribución de las revistas en cuartiles, siendo el primero de ellos el oscuro objeto de los gestores de la ciencia y con ello de la pugna de los investigadores por publicar en ese dichoso edén. No en vano se ven juzgados por ese criterio para la obtención competitiva de proyectos de investigación y para la promoción de sus carreras profesionales en las universidades y organismos públicos de investigación.
  • La feroz intervención de las grandes empresas editoriales en lo que se podría llamar el mercado de la ciencia, convirtiendo a las empresas editoriales más modestas en aspirantes al modelo.

El Comité Nobel y las decisiones de 2021

Habitualmente los Premios Nobel galardonan investigaciones cuya calidad y peso están sustentados en el reconocimiento de la comunidad internacional durante años. Pero es interesante subrayar que para ello se ha apoyado también en ciertas ocasiones en criterios de política científica.

El caso de los premios de 2021 es paradigmático a este respecto y digno de mención en tiempos tan críticos e inciertos como los presentes.

El cambio climático y la ciencia del clima tenían dificultades para ser reconocidas con el premio Nobel, ya que estaban ausentes en tiempos de Alfred Nobel: no existían como ámbitos o áreas disciplinares cuando vivía el exitoso y arrepentido inventor sueco.

El año 2021 era un año para reconocerlos, sin duda, ante la fuerza y evidencia del fenómeno. La opción elegida para ello ha sido valiente, cuasi revolucionaria, y en nuestra modesta opinión, un acierto.

Syukuro Manabe, Klaus Hasselmann y Giorgio Parisi, premios Nobel de Física 2021. Niklas Elmehed © Nobel Prize

Han reconocido con el premio Nobel de Física a investigadores que han trabajado en modelos sobre el cambio climático y, en general, sobre fenómenos complejos.

Dos de ellos, Hasselmann y Manabe, han sentado las bases del conocimiento sobre cómo influye la humanidad en el clima del planeta Tierra. Por su parte, Parisi ha contribuido al conocimiento de los materiales desordenados y los procesos aleatorios, casi una radiografía simbólica de la vida en nuestra sociedad actual.

David Julius y Ardem Patapoutian, premios Nobel de Fisiología o Medicina 2021. Niklas Elmehed © Nobel Prize

Los premios de Fisiología y Medicina han seguido la senda de reconocer los receptores, focalizados este año en aquellos que nos ponen en relación con el mundo exterior material, el entorno.

Son receptores de percepciones y sensaciones que nos explican cómo palpamos (tacto) y qué temperatura nos rodea, descubiertos por Julius. Por su parte, Patapoutian ha descubierto, a partir de células sensibles, los receptores que nos permiten apreciar la presión mecánica y el dolor.

Todo un arsenal de elementos biológicos para interactuar con nuestro ambiente y por lo tanto para tomar decisiones en relación con la pandemia ambiental.

Benjamin List y David W.C. MacMillan, premios Nobel de Química 2021. Niklas Elmehed © Nobel Prize

El premio Nobel de Química, otorgado a List y MacMillan, ha reconocido una revolución en el campo de la catálisis: construir sobre pequeñas moléculas orgánicas que se han desarrollado de modo independiente.

Existían dos tipos de catalizadores en la industria química, los metales y las enzimas. Este nuevo tipo disuelve el problema de la asimetría en la producción de compuestos orgánicos y da lugar a procesos amigables con el medioambiente, baratos y eficientes.

David Card, Joshua D. Angrist y Guido W. Imbens, premios Nobel de Economía 2021. Niklas Elmehed © Nobel Prize

Los premios otorgados por el Comité Nobel para premiar a los cultivadores de la economía son de particular importancia para revelar las sensibilidades sociales y políticas de esta ciencia social en un contexto determinado.

Este año se han premiado trabajos que se apartan de lo que, durante las décadas finales del siglo pasado y la primera del actual, se ha considerado la corriente principal de la macroeconomía y microeconomía dentro de la economía científica neoliberal.

Card ha mostrado que el incremento del salario mínimo no influye negativamente en la creación de empleo, lo que supone un misil a la ortodoxia que defiende dicha línea. Mientras que los otros dos galardonados, Imbens y Angrist, han ahondado en la revolución que ha transitado desde los modelos teóricos al empirismo de los experimentos naturales, que es la metodología de estos autores.

En definitiva, un año en el que se reconocen los modelos aplicados a complejos procesos naturales, a la par que simbólicamente se cuestionan los predominios de los modelos basados en emociones y en decisiones inspiradas en los mercados. Es una llamada de atención a los responsables de las políticas y un heraldo para anunciar por donde debe ir la recuperación económica postpandemia.

La pandemia socioambiental y los riesgos de la ciencia, a través del espejo de los ganadores de los Premios Nobel de 2021, nos emplazan a una evaluación sin apriorismo de cuarenta años de globalización, bajo el marco de una ética consecuencialista basada en valores como la responsabilidad, la solidaridad, la empatía y la justicia social.


Este artículo es una versión abreviada y basada en una perspectiva sociopolítica, del artículo publicado en la web de la AEAC, que pone el énfasis en la política científica. https://aeac.science/articulo/politica-cientifica-y-los-premios-del-comite-nobel-de-2021/.


Emilio Muñoz Ruiz, Profesor de Investigación. Unidad de Investigación en CTS (Ciencia, Tecnología y Sociedad) del CIEMAT, Instituto de Filosofía (IFS-CSIC); Jesús Rey Rocha, Investigador Científico en Ciencia, Tecnología y Sociedad, Instituto de Filosofía (IFS-CSIC) y Víctor Ladero, Científico Titular, Instituto de Productos Lácteos de Asturias (IPLA – CSIC)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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